Las voces que nos habitan
¿Realmente entendemos que tenemos muchas voces?
Por Guillermo Martin
¿Realmente entendemos que tenemos muchas voces y somos capaces de percibirlas todas?
La respuesta más honesta es que sí las tenemos, pero casi nunca nos permitimos escucharlas. Vivimos habitualmente atrapados en una sola voz: la voz de la mente racional, la del adulto en alerta que necesita tener el control, protegerse y rendir. Nos construimos una armadura de eficiencia y orgullo para que nada nos duela.
Pero cuando logramos bajar la guardia y desarmar el ego, descubrimos que dentro de nosotros habita todo un coro de timbres esperando ser cantados, contados o recitados.
1. La voz de la familia y los reencuentros
El origen y la pertenencia
Es la voz que viaja hacia atrás para sanar la raíz y rescatar los recuerdos que nos marcaron. Es esa frecuencia capaz de llevarnos en la imaginación a una playa desierta durante el ocaso, para encontrarnos con ese padre, abuelo o amigo que partió, darnos ese abrazo interminable donde sentimos que los pies se nos despegan un poquito del suelo y recibir la pieza de rompecabezas que nos faltaba para sentirnos completos. Cantar o hablar desde la voz de la familia es hacerlo desde la gratitud y la memoria viviente.
2. La voz del amor, las despedidas y los desencuentros
La fragilidad del tiempo
A veces es la voz atropellada que desborda para gritar un amor atesorado durante años en la parada de un colectivo, justo en el instante trágico antes de ver partir a la persona amada. O la voz que no llegó a decirse a tiempo y quedó guardada en cartas que nunca se abrieron. Esta voz es urgente y quema por dentro; nos confronta con la gran pregunta:
Si supieras que hoy es tu último día de vida y pudieras hacer una última llamada, ¿a quién llamarías, qué le dirías… y qué estás esperando?
3. La voz del sexo y la intimidad desnuda
El cuerpo sin máscaras
Durante la juventud o la crianza, la sexualidad a menudo queda distorsionada por miedos, culpa o tabúes. Pero la verdadera voz del sexo en el arte no es el espectáculo vacío; es el lenguaje del deseo genuino, la reconciliación de dos cuerpos desnudos en la penumbra del amanecer, donde las sombras se borran y la piel habla sin necesidad de mentiras ni defensas.
4. La voz de los amigos, la música y el vino
El refugio cotidiano
Esta es la voz que celebra estar vivos a pesar de las cicatrices. Es la voz que recuerda que hay gente tan necesaria que con solo decir una palabra enciende la ilusión, rompe la soledad, sirve el puchero, hace cantar el vino en las tinajas y te manda de novio con la vida (inspirado en «Hay gente que…», de Hamlet Lima Quintana). En la música, esta voz sabe que con apenas siete notas se pueden construir universos infinitos, y que no hay separación real entre nosotros: somos piezas del mismo rompecabezas (Anima Mundi).
¿Somos capaces de percibir todo esto?
Solo cuando dejamos de cantar o hablar para ser admirados («mirame qué genial soy») y empezamos a hacerlo para conectar desde la verdad. Percibir todas estas voces exige despojarse de la armadura, aceptar que el quiebre o la emoción no son un fallo técnico, sino la única grieta por donde brota la luz.
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